Soy miope. Siempre fui muy delgada. Cuando era chica (5 ó 6 años) me pasaba el día haciendo papirolas (origami) o bordando o tejiendo al crochet, haciendo un herbario, observando la naturaleza con microscopio. Sí. A los diez años ya tenía el microscopio.
Como soy la mayor de todas, las expectativas estaban puestas en mi. Padres, abuelos, tíos, todos opinaban y mi madre, además de su propio nivel de exigencia hacia mi, sumaba las sugerencias de los demás.
Excepto mi padre, todos, TODOS, sí o sí hacíamos artesanías: Mamá tejía a dos agujas, en el colectivo, mientras cocinaba, en las vacaciones... Abuela materna también tejía a dos agujas, al crochet, sabía un poco de todo, era autodidacta. Abuelo paterno canastero, panadero, tejía los canastos que usaba en la panadería. Abuela paterna se parecía a su hijo (mi papá) No era habilidosa.
En casa se cosía toda la ropa. Jamás nada comprado. Yo envidiaba a mis amigas que usaban ropa comprada.
Si no eras “maestra” y “hablabas inglés” no eras humana, así que antes de ingresar al sistema educativo ya iba a inglés. Mi hermana se resistía un poco más que yo a todas esas imposiciones de mamá, mientras papá y el abuelo paterno (que vivía con nosotros) trataban de atenuar con mimos y concesiones las exigencias maternas.
Yo tenía que ser buena alumna, hablar inglés, tocar la guitarra, aprender a tejer, saber coser, saber bordar y a abrir la puerta para ir a jugar (sólo si todo lo otro estaba hecho).
Mi carácter introvertido, mi apariencia debilucha, enfatizaban el “meterme para adentro”. A tal punto que ingresé a la UBA a Ciencias Económicas y simultáneamente hice el Magisterio, por si acaso, en el “San Isidro Labrador”, colegio donde me destaqué por mi habilidad manual y por saber inglés Así que finalmente era humana: hablaba inglés y era maestra.
Entre todas estas luchas existenciales me las rebuscaba para hacer manualidades. Me contrataron para las boutiques “Yasmin” y “Morin” que en ese momento eran muy importantes y hacía accesorios para vestidos de fiesta, guantes, flores, aros, collares, carteras, chales. Me encantaba. Pero mamá consideraba que distraía mis estudios y decidió que no podía seguir trabajando en eso. Como no había hijos varones yo debía hacerme cargo de las empresas familiares, pero también era bueno que tuviera unas horas cátedra, así que empecé a trabajar de preceptora.
Me casé y me costó acostumbrarme a hacer lo que quería.
Nacieron mis hijos y. volaron los primeros años entre el hogar y cargos de preceptora por la mañana, vicedirectora por la tarde, profesora por la noche.
Un día estando en Villa Gesell leí un reportaje a Nora Aslan con su foto entre tapices y canastos. Era 1980. Ya en Buenos Aires la llamé por teléfono y me aceptó como alumna. Qué felicidad. Allí empecé a hacer canastas de distintos materiales que sacábamos de las podas. Es lo que se llamó “cestería botánica” que parecía una novedad pero que en realidad era una vuelta a los orígenes, a la forma que trabajaba entrelazando ramas el hombre de la prehistoria, al punto que la cestería es anterior a la alfarería, pues las piezas más antiguas tienen marcado la canasta que usaban de molde.
Todo esto lo aprendí investigando el origen del tapiz, ya que Nora por aquel entonces ya era una tapicista conocida. Uno o dos años después mudó su taller del quincho de su casa a uno más amplio, lleno de luz.
Llegaron las exposiciones, el intercambio, la inclusión de otros artistas como Adolfo Nigro que nos enseñó a hacer papel con fibras vegetales y que incorporábamos a nuestros trabajos.
A mis cuarenta años, con los hijos ya grandes tomé la decisión, persuadida por mi esposo y por Nora Aslan y previa consulta con un grafólogo que me aconsejó dejar todo y dedicarme sólo al arte. Ingresé en Bellas Artes.
Ya por entonces mis esculturas vegetales habían dejado de ser canastos y cuando en tercer año del instituto Santa Ana de Bellas Artes, la profesora Adriana Escalona nos pidió un ejemplar del tema tramas, yo armé un ala cuyas plumas eran mil setecientos paquetitos de pinochas, que a su vez cada uno ostentaba una trama increíble. Todavía conservo esa escultura ya que marcó mi paso desde la cestería a eso “otro” que Nora me pedía.
Presenté el trabajo en un concurso en la calle Florida y gané el primer premio ¡increíble o creíble!
En el instituto Santa Ana, todo era exigencia, excelencia, libertad para hacer con esfuerzo, el arte exige todo, empeño, investigación, trabajo para concretar “la idea”, insatisfacción, siempre se puede hacer algo más…
Allí me enamoré del grabado. Entonces dejé de lado la escultura para empeñarme casi con tozudés al nuevo descubrimiento y luchando no sólo con las prensas, las tintas y las herramientas sino también con el exigente profesor Antonio Latorre, convertí mis manos en ejemplares de cutículas quemadas, uñas negras y muestrario de lastimaduras… al entusiasmo por ver de cerca el resultado del ácido comiendo la chapa, se me pelaron la cara y las manos, sumado a las incursiones por el “papel vegetal” y el manejo de soda cáustica, ácido nítrico, kerosén… En fin...empecé a considerar que si esto seguía terminaría teniendo muñones. Me hacía baños de aceite y azúcar, me ponía cremas pero no lograba cesar que me picara la nariz por efecto de la emanación del ácido.
Pero estaba feliz.
Mientras tanto seguía trabajando como profesora en colegios, como administrativa en la arenera y atendiendo mi casa con hijos en edad escolar. Para poder seguir era imprescindible que tuviera la heladera llena, la ropa en los placares y que no faltara nada. Y así lo hacía.
En esa vorágine me caí y me rompí la mano derecha, justo antes de dar los finales de 4to año. Entonces fue el mismo profesor Latorre quien me aconsejó ir al taller de Elena Davicino, para poder dar los exámenes en marzo.
Entonces conocí a quien yo considero la más importante grabadora de ex-libris de nuestro país, un ser humano y profesional lleno de afecto sensibilidad y excelencia, combinación más que adecuada para el grabado.
Empecé a ver que todos los que hacíamos grabado padecíamos por la agresividad y toxicidad de todo lo que usábamos y un día viendo “Utilisíma” veo a Silvina Perez enseñando a poner un lacre. Me conecto con ella y comienzo a asistir a su mágico e impredecible taller “Molino de pan” donde conozco los secretos del papel de fibras vegetales naturales. Y es ella quien me vincula con Matilde Marín, quien daba clases en su casa de grabado no tóxico.
¡¡No lo puedo creer!! ¿hay métodos no agresivos para expresarse? ¿por qué no los enseñan en la escuela de Bellas Artes?
Me integro al taller de Matilde, hago todo lo que ella propone. Ella acababa de ganar el premio Konex de platino por su visión contemporánea del arte, sus métodos de avanzada, su apertura para transmitirlo a otros artistas. Su ejemplo y empuje nos lleva a hacer talleres con artistas que trae desde exterior: Regina Rotwailer de Brasil nos enseña a trabajar carborundum con su aterciopelado resultado, Rimer Cardillo en ese momento director del departamento de Grabado de la Universidad Estatal de Nueva York y Stavislav Marijalnovich, Hector Saunier, con el entretodo simultáneo con tintas al agua, nos enseñó el fotograbado y silkscreem.

Terminé mi carrera de Profesora Nacional de Grabado en el Instituto Santa Ana, donde simultáneamente y adjunto a la cátedra de grabado, antes de recibirme, una vez al año dictaba un curso de papel reciclado y de fibras vegetales naturales y con los fondos obtenidos compensábamos parte de las becas que otorgan la hermana Susana Ibatrz, directora de la carrera de arte y organizaba los cursos de historia de arte del profesor Jorge Bedoya “el mito y el símbolo en el arte argentino”, exponíamos con mis compañeras, hacía de ayudante de la profesora Leonor Muscarda (inolvidable) en un taller de dibujo anatómico en el que yo era la peor alumna pero la más entusiasta y organizadora del mismo.
La Hna Susana me dejaba hacer, me había soltado la rienda, derecho que había ganado con empeño y coherencia.
Mientras, en el taller de Matilde, conocía a los artistas de primera línea del grabado Marta Perez Temperley, Graciela Zar, Teresa Pereda, Leonardo Koch, Mariela Constant, Nélida Ferrary....
Un día por una selección hecha por Matilde me invitan a hacer un perfeccionamiento en la Universidad de Nueva York. Y allá voy.
Trabajábamos día y noche. A las 7,30 estábamos en el Critic Room con nuestros trabajos.
Todos criticábamos a todos y luego el profesor Cardillo hacía el cierre y luego a los talleres a trabajar. Teníamos cámaras de vacío, camas de luz ultravioleta, tintas al agua, computadoras, fotocopiadoras, papeles, rodillos, gabinetes de revelado. Podíamos cursar todos los talleres y comprendimos que era una oportunidad única de aprendizaje.
Yo trabajé sobre el tema “laberinto”. Investigué en la biblioteca de la universidad para fundamentar mi obra e hice la serie “Laberinto urbano” “Laberinto americano” y “Laberinto interior”. Ciento setenta estampas. En la muestra final de todos los trabajos mi obra fue seleccionada para integrar la colección del Museo Simón Dorsky donde la dejé con gran satisfacción.
Luego fui invitada a la Bienal de Arte Contemporáneo en Florencia. ¡¿Y0?! No lo podía creer. Allá fui y me encontré con otros argentinos que habían sido invitados por pintura. Yo era la única grabadora argentina.
La obra que llevaba me la compró una arquitecta de Perugia, que viajó a propósito después de haber leído la crítica que me hizo el curador de la muestra. ¡increíble!
Con eso pude pagar las deudas que contraje para poder viajar: catálogos, marquetería, enmarcado, pasaje, todas las cosas que el espectador ignora cuando mira la obra. No ve ni el esfuerzo ni el sacrificio pero bien vale la pena.
Después vino todo lo demás. Las muestras locales y mi nuevo desafío. Me anoté para hacer la licenciatura en artes visuales en la UNSAM
Allí “nos abrieron la cabeza”. La carrera fue excelente. Los profesores, las propuestas, la diversidad, el enfoque, cuánto ¡cuánto esfuerzo! Muchas horas de lectura, de análisis, de trabajo en grupo e individual. Profesores como Carlos Ruta, Vasquez de Bardin, Ricardo Ibarlucea, Hugo Bauzá, Virginia Funes, Ana María Schmidt.
Nos dieron lo mejor de sí brindándonos la otra cara del arte, la del espíritu, la de la filosofía, el sustento teórico de lo que veníamos haciendo desde la espontaneidad y la intuición
Porque el arte es eso. Es juego, es poder ser, es sentir, es sacar y mostrar a los demás para hacer reflexionar al espectador que es quien da valor a nuestra obra.
Y los temas, mis temas, que siempre tuvieron que ver con la introspección “El color del cristal con que se mira” “Lo que no se dice” “El laberinto” “Ver y poder ser” “Paz hará”.
Por tanto recibido este será mi aporte. Hacer llegar el grabado no tóxico a los que no tienen la posibilidad de integrarse a talleres internacionales, a los que están estudiando en las escuelas de bellas artes. Para ellos, porque en grabado no tóxico está todo por hacerse